El 4 de agosto de 1906, el vapor italiano de pasajeros Sirio encalló a gran velocidad en el arrecife de Punta Hormigas, frente a la isla Hormigas y a 2,5 millas al este del cabo de Palos, en Cartagena. El accidente acabó con el hundimiento del buque y con 293 fallecidos, en su mayoría emigrantes que viajaban hacia Sudamérica.
La tragedia dejó al descubierto una secuencia especialmente grave: una derrota peligrosamente próxima a la costa, el impacto contra el arrecife, la rápida inundación de zonas habitadas, el colapso de parte de los medios de salvamento y una evacuación marcada por el pánico. La intervención de pesqueros españoles y de varios buques cercanos evitó que el balance fuera todavía mayor.
Un vapor de emigrantes en la ruta hacia América
El Sirio era un vapor italiano de pasajeros de 4.141 toneladas de arqueo bruto, construido en Glasgow por Robert Napier and Sons para la Società Italiana di Trasporti Maritimi Raggio & Co., de Génova. Fue botado el 26 de marzo de 1883 y terminado en junio de ese año.
El barco medía 120 metros de eslora y 13 metros de manga. En su configuración original podía transportar hasta 1.440 pasajeros: 120 en primera clase, 120 en segunda y 1.200 en tercera. Esta distribución refleja su papel principal en las comunicaciones entre Italia y América del Sur, una ruta sostenida en gran medida por los movimientos migratorios de la época.
Tras iniciar su servicio en la línea Génova-Las Palmas-Montevideo-Buenos Aires, el buque pasó a manos de Navigazione Generale Italiana en 1885. En 1891 fue modernizado en Génova y recibió una máquina de vapor Ansaldo de 5.012 caballos de potencia, capaz de elevar su velocidad máxima a quince nudos.
El 2 de agosto de 1906, bajo el mando del capitán Giuseppe Piccone, el Sirio zarpó de Génova con destino a Buenos Aires. Su itinerario previsto incluía escalas en Barcelona, Cádiz, Las Palmas, Cabo Verde, Río de Janeiro, Santos y Montevideo. A la salida llevaba 127 tripulantes y 570 pasajeros; en Barcelona embarcaron otros 75 viajeros. En total, viajaban 772 personas a bordo.
La mayoría eran emigrantes con destino a Brasil, Uruguay y Argentina. Entre los pasajeros figuraban el obispo de São Paulo, José de Camargo Barros; el arzobispo de São Pedro, Cláudio José Gonçalves Ponce de Leão; y Boniface Natter, primer abad de la restaurada abadía de Buckfast, en Inglaterra.
El impacto en Punta Hormigas
Al pasar frente al cabo de Palos, el Sirio siguió una derrota demasiado próxima a tierra. Esa navegación junto a la costa resultó decisiva: el vapor alcanzó el arrecife de Punta Hormigas a toda velocidad y quedó varado frente a la isla Hormigas.
El accidente ocurrió en una zona donde la proximidad de bajos y formaciones rocosas exigía mantener un margen de seguridad. La causa principal fue precisamente esa aproximación excesiva: el barco se internó en una derrota incompatible con la presencia del arrecife y terminó encallando violentamente.
El capitán del vapor francés Marie Louise, testigo de la emergencia, declaró que el Sirio seguía “un rumbo peligroso” cuando lo vio detenerse con la proa levantada. Poco después se produjeron explosiones en las calderas. Desde el buque francés se observó cómo empezaban a pasar cuerpos flotando y se escuchaban los gritos de quienes se ahogaban.
El golpe no fue un simple varamiento reparable. El casco quedó comprometido y el agua invadió con rapidez las cubiertas inferiores. Muchos pasajeros quedaron atrapados en esas zonas antes de poder alcanzar la cubierta o los botes.

Una emergencia que se agravó en minutos
La disposición del buque contribuyó a que algunas víctimas quedaran sin posibilidad de reaccionar. Varias cabinas de primera clase se encontraban en la popa, una zona que quedó sumergida casi de inmediato tras el encallamiento. Algunos de sus ocupantes fallecieron poco después del impacto.
La inundación de los espacios bajos y la pérdida de estabilidad transformaron rápidamente el accidente en una evacuación de extrema dificultad. El pánico se extendió entre unos pasajeros que, en su mayoría, viajaban hacia una nueva vida al otro lado del Atlántico y se encontraron de repente ante un naufragio junto a una costa que no podían alcanzar con seguridad.
La situación de los medios de salvamento empeoró el escenario. Algunos botes habían quedado dañados durante el encallamiento. Otros fueron abordados por demasiadas personas al mismo tiempo, se inundaron o volcaron. En vez de constituir una salida ordenada, parte de la evacuación se convirtió en una nueva fuente de riesgo para quienes intentaban abandonar el vapor.
Solo un bote salvavidas logró ser arriado con éxito, con 29 pasajeros a bordo. Otras personas trataron de nadar hacia tierra, pero varias murieron durante el intento. Entre veinte y treinta lograron alcanzar unas rocas próximas, donde permanecieron hasta ser rescatadas al día siguiente.
La respuesta de los barcos que acudieron al lugar
La cercanía de embarcaciones españolas resultó crucial. Mientras el Sirio permanecía sobre el arrecife, pesqueros de la zona acudieron al punto del siniestro para recoger supervivientes. Su participación concentró buena parte del rescate efectivo.
El pesquero Joven Miguel, mandado por Vicente Buigues, se abarloó al Sirio y evacuó a unas 300 personas. El Vicente Llicano rescató a otros 200 supervivientes. El vapor francés Marie Louise recogió a 25 personas y el vapor austrohúngaro Buda salvó a algunas más.
Los capitanes del Joven Miguel y del Vicente Llicano fueron destacados por su actuación durante la emergencia. También se informó de que algunos rescatadores murieron mientras auxiliaban a los náufragos. Los supervivientes fueron trasladados a tierra y alojados en el hospicio local y en un edificio de circo.
La dimensión del salvamento muestra el contraste entre la caótica evacuación inicial a bordo y la respuesta improvisada, pero decisiva, de los barcos que llegaron desde la costa. Sin esa intervención, la cifra de víctimas habría sido previsiblemente más alta.
Entre quienes no sobrevivieron se encontraba José de Camargo Barros, de quien se relató que permaneció a bordo bendiciendo a los pasajeros que se ahogaban. Boniface Natter también falleció. En cambio, Cláudio José Gonçalves Ponce de Leão sobrevivió, al igual que Anscar Vonier, compañero de viaje de Natter y futuro abad de Buckfast.
La cifra de víctimas y el problema de las listas de pasaje
Las autoridades fijaron el balance final en 293 muertos. Sin embargo, el número exacto de fallecidos fue objeto de debate desde el principio. Las primeras informaciones periodísticas hablaron de unos 300 muertos, mientras que otras estimaciones elevaron la cifra hasta 400.
La dificultad procedía de unas listas de pasajeros incompletas o deficientes. Además, persistieron versiones sobre la posible presencia de emigrantes no registrados. Esas dudas llevaron a que circularan estimaciones de hasta 500 muertes, aunque la cifra oficial establecida fue de 293 víctimas.
El Sirio permaneció encallado durante nueve días. Finalmente, el casco se partió en dos y se hundió completamente. Durante el proceso se liberaron decenas de cadáveres en descomposición, una consecuencia que prolongó la tragedia en las aguas de Punta Hormigas.
El accidente fue considerado el segundo peor desastre marítimo italiano en tiempo de paz, solo superado diecinueve años después por el hundimiento del Principessa Mafalda. Su impacto fue especialmente profundo en las comunidades del norte de Italia de donde procedían muchos emigrantes.

La conducta del capitán, entre acusaciones y una investigación posterior
En las horas y días posteriores al naufragio, varios periódicos acusaron al capitán Piccone y a la tripulación de comportamientos impropios durante la evacuación. Algunas informaciones iniciales aseguraron que el capitán había abandonado el buque entre los primeros, lo que habría contribuido al pánico.
La investigación posterior ofreció una conclusión distinta. Determinó que Piccone y la mayor parte de los oficiales y tripulantes permanecieron a bordo e intentaron salvar vidas. El capitán habría sido, de hecho, el último en abandonar el Sirio, extremo confirmado, entre otros, por el capitán del vapor austrohúngaro Buda.
La confusión pudo originarse en la actuación del tercer oficial, Baglio, quien sí abandonó el barco al comienzo de la emergencia junto a algunos miembros de la tripulación. Algunos supervivientes pudieron confundirlo con Piccone.
La investigación también observó un elemento revelador: gran parte de la tripulación sobrevivió. La explicación señalada fue que los marineros mantuvieron la calma y permanecieron en el barco, que seguía parcialmente a flote, mientras muchos pasajeros se lanzaban al agua o se precipitaban hacia embarcaciones ya sobrecargadas.
No obstante, la principal decisión previa al siniestro seguía siendo la derrota elegida frente al cabo de Palos. La navegación demasiado cerca de la costa llevó directamente al arrecife y situó al barco, a sus pasajeros y a su tripulación ante una emergencia para la que el tiempo de reacción fue mínimo.
La hipótesis de embarques clandestinos
La prensa española planteó otra posible explicación para el rumbo del Sirio. El periódico España Nueva sostuvo que el vapor navegaba tan cerca del litoral para efectuar embarques clandestinos de emigrantes españoles, a cambio de importantes sumas de dinero.
Esa versión describía un supuesto tráfico ilícito de pasajeros a lo largo de la costa y vinculaba esa práctica con una conducta del capitán que el diario consideraba deficiente. También se citó como una de las razones para cuestionar la fiabilidad del balance oficial de víctimas, ante la posibilidad de que hubiera personas sin registrar a bordo.
Sin embargo, se trató de una alegación periodística, no de una conclusión presentada como definitiva por la investigación sobre el comportamiento del capitán. La información disponible no permite convertir esa hipótesis en un hecho probado, aunque ayuda a explicar por qué el número de pasajeros y muertos siguió rodeado de incertidumbre.
Piccone falleció en Génova menos de un año después del desastre, a los 62 años. Se atribuyó su muerte al dolor y a un “corazón roto”. También circularon, de forma incorrecta, rumores de suicidio.
Un naufragio convertido en memoria colectiva
El hundimiento del Sirio trascendió la dimensión inmediata del accidente. Para las comunidades italianas de origen de muchos emigrantes, el desastre se convirtió en una herida colectiva. La travesía hacia América, asociada a la esperanza de una nueva vida, quedó vinculada de forma abrupta a la pérdida de familias enteras y a la incertidumbre sobre quienes desaparecieron en el mar.
El naufragio fue recordado en la balada popular “Il Sirio”, dedicada al barco que partió hacia América y a la angustia de los padres que buscaban a sus hijos entre las olas. Otra canción, “Mamma Mia, Dammi Cento Lire”, ha sido relacionada también con la tragedia, aunque esa vinculación se plantea como posible.
En España, el poeta Santiago Delgado publicó una “leyenda” memorial sobre el desastre dentro de una colección dedicada al Mar Menor, la laguna situada al norte de la isla Hormigas. El lugar del encallamiento quedó así unido no solo a uno de los grandes naufragios de la emigración italiana, sino también a la memoria marítima de la costa de Cartagena.
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